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» » Isabel Furini: El Séptimo Fantasma (Cuento en español)


Un muro alto, de piedra, separa la casa del escritor José Manuel Ugarte del mundo. Junto a la pesada puerta de entrada, pintada de gris, como el resto de la casa, se yergue un ciprés añoso. En el jardín, pequeño e rectangular, el césped está siempre amarillo y las flores marchitas.

El Dr. Ugarte es un hombre físicamente desagradable y de carácter sombrío. Calvo, de trazos angulosos, labios gruesos y lascivos, mentón prominente y ojos negros, que escudriña a distancia. Esos ojos que constituyen un elemento de inquietud para los amigos y de temor para los enemigos.

Algunos críticos literarios lo llaman de "Sátiro", porque todo en él revela fealdad. Su sonrisa amarga, que deja al descubierto un diente de oro, la pequeña joroba que intenta ocultar, sin éxito, y las manos, grandes, huesudas e nerviosas, que parecen tener vida propia. No obstante, su conversación es interesante e instructiva; y aunque sean pocos los amigos que consiguieron ingresar en el sagrado recinto de su biblioteca, siempre vuelven.

La enorme sala de biblioteca, localizada en la parte de arriba de la casa es, para este sátiro, el lugar preferido. Allá pasa largas horas de reflexión y de reposo, demostrando sentirse a gusto, como un ídolo en su altar. Estanterías repletas de libros se extienden a ambos lados de la sala, enciclopedias con lomos rojos, azules y verdes son lo único que dan color al ambiente. En el rincón derecho, una armadura antigua que perteneciera a un samurái; en el otro, el escritorio de madera oscura; sobre él se encuentran en orden, un libro cerrado, un cuaderno abierto, una lapicera de oro, finamente trabajada y algunos manuscritos. Son los tres primeros capítulos del libro que lo mantiene ocupado hasta altas horas de la noche. Un libro que, como es su costumbre, está escribiendo a mano, pues nunca el ruido bajo e monótono de la computadora perturbó la silenciosa casa del ciprés.

En el ángulo izquierdo de la biblioteca, sobre una plataforma hay una mesa pequeña e dos sillones de terciopelo negro. Es viernes el Dr. Ugarte está sentado en una de ellas, leyendo mientras espera un periodista que va a entrevistarlo.

Fotografia de Isabel Furini
Un automóvil para en la puerta de la casa y un joven desciende, empuja el portón y llama a la puerta. Juan, el criado, abre. Carlos lo mira mientras coloca una cinta en la grabadora. Era un hombre alto y delgado, de nariz grande e cabellos blancos, vestía una camisa e por arriba un chaleco marrón. Carlos se presentó y Juan le pidió que lo siguiese hasta la biblioteca. Carlos reparó que las cortinas estaban cerradas. Cerca de la escalera había una armadura antigua, traída de España y una estatua egipcia, que representaba el dios Anubis. Subiendo las escaleras observó cuadros extraños y armas, espadas, sables y puñales con mangos de plata adornados con piedras negras, colgados en las paredes.

Al verlo entrar, el Dr. Ugarte sin levantarse hizo un gesto para que ocupase el otro sillón. Carlos se sentía un rey, hacia cuatro meses que trabajaba en el diario y ya había conseguido varias entrevistas con celebridades, pero ésta la consideraba única porque al escritor Ugarte no le gustaba la publicidad.

- ¿Trajo el celular?
- Siempre lo llevo conmigo.
- Entonces deslíguelo, no soporto ruidos estridentes.

Carlos desligó el celular mientras el Dr. Ugarte explicaba: - Acepté esta entrevista porque me prometió ser fiel a mis palabras. Yo ya fui joven y soñador como usted - tenía un aire grave y miraba para su interlocutor de forma penetrante. El joven parecía fascinado por la voz del viejo y por el ambiente.
José Manuel encendió un habano, aspiro profundamente y lanzó al aire una humo espeso.

- Así es, mi amigo, yo también fui como usted un joven soñador e creo que no he mudado - repitió con voz ronca. El periodista se acomodó en poltrona mientras que una grabadora registraba el diálogo.

- A mediados de 1950, este viejo que hoy está en su frente, era un inquieto estudiante de filosofía, amante de la tradición platónica. En esa época, el ya fallecido profesor Huergo, tenía a su cargo la cátedra de metafísica de la Facultad de Filosofía y Letras, de la Ciudad de Buenos Aires.

Repentinamente se escuchó el chirrido de la puerta que se abría lentamente. José Manuel interrumpió el diálogo. Por la puerta entreabierta apareció la figura lánguida del viejo criado. El hombre sirvió dos cafés en silencio e quedó de lado, sin hablar una palabra. Carlos observó que el viejo acariciaba el chaleco marrón que vestía, después entendió que no era eso lo que estaba haciendo, estaba intentando sacar una mancha.

- Gracias Juan, puede retirarse.- El empleado salió de la sala, como había entrado, con pasos silenciosos.

José Manuel se levantó despacio, agarró la taza de café y caminó hasta la ventana, movió la cortina para ver el jardín, un rayo de luz entró por la ventana proyectándose sobre la armadura, bebió un poco mientras miraba para afuera y después volvió a sentarse e continuó hablando:

- El profesor Huergo era un hombre profundamente cristiano y yo asistía con placer intelectual a sus clases. Un día le presenté mis trabajos literarios. No sé porque lo hice. ¡Pecado de juventud!- una sonrisa irónica apareció en sus labios. -

Procuraba auto-afirmación a través de su crítica. Todavía me acuerdo de su actitud severa, me ordenó reflejar en mis escritos amor a Dios y búsqueda trascendente; eliminar de mis ensayos y poemas todo lo que fuese profano: pasión sexual, lujo y violencia. Yo obedecí sumiso, obedecí durante muchos años.

Carlos escuchaba la narración con creciente entusiasmo. La tarde caía, a luz que entraba por la rendija de la ventana se desvaneció y las sombras invadían la sala.
Carlos percibió un olor extraño... tentó identificarlo.
- ¿Olor de azufre?-

Un brillo satánico iluminó los ojos negros del viejo. El joven sintió un escalofrío prolongado recorrerle la espina dorsal. Se arrepintió de haber formulado un comentario tan inoportuno. Por un momento los dos hombres permanecieron en silencio. De lejos, Carlos podía escuchar el ruido de un tren que partía de la estación Aristóbulo del Valle. Hizo un esfuerzo y consiguió se reponer, apoyó los codos sobre las piernas, unió las manos e sobre ellas apoyó la cabeza con aire pensativo. El silencio pareció atravesar la sala. Carlos levantó la cabeza y preguntó.
- Dr. Ugarte, el señor es, a los ojos de muchos críticos, el mejor escritor hispanoamericano de nuestra época. ¿A qué atribuye su éxito?

Fotografia de Isabel Furini
Con un gesto nervioso el Dr. Ugarte extendió la mano y ligó el velador. Los ojos del periodista se detuvieron en un pequeño cuadro, localizado a la izquierda de la sala. La moldura era dorada y sobre el fondo negro, pintado a óleo, sobresalían dos hileras de dientes blancos. Pensó que el escritor tenía un gusto extraño en lo referente a arte.

- Joven, usted no me está entendiendo, un día decidí escribir mi realidad. Abrí las puertas de los dos hemisferios cerebrales a la vida y de allá surgieron centenas de fantasmas. Solamente escogí siete. Eran fantasmas asustadores.

- ¿Fantasmas? ¿Lo que quiere decir con eso, Dr.?

- Eran fantasmas asustadores - repitió acariciando su cabeza calva. El primero era blanco y pálido. El segundo era pálido y de mirada pavorosa. El tercero tenía la mirada pavorosa y las manos descarnadas. El cuarto, las manos descarnadas y los pies desnudos; el quinto, tenía los pies desnudos y gritaba. El sexto, gritaba mientras erguía como emblema una cabeza humana. El séptimo, contaba con todos los atributos que ostentaban sus hermanos y lanzó al aire una risa siniestra. Una risa sin amor, solitaria, vacía, árida. Su risa despertó en mí, múltiples evocaciones: ojos ciegos, pasos sin rumbo, muertes espantosas, incendios, inundaciones, ojos abiertos por el pánico, pechos torciéndose de dolor. Hizo un silencio. - Esa risa me persiguió durante siete años; esos años fueron largos y difíciles para mí.

- ¿Se liberó? Ya no lo escucha o...
- A veces, de noche... Pero creo que me liberé. Sí, me liberé. Encerré la risa sarcástica en mis manuscritos e edité un libro aplaudido por la crítica. Yo lo dediqué al séptimo círculo.

Carlos bebió un trago de café, estaba amargo.
- Mi séptimo fantasma me acompaña. Se transformó en mi "daimon". Los dos nos convertimos en uno. - dijo José Manuel, inclinó la cabeza e se rascó la oreja izquierda, dando la impresión de que estaba sumido en sus recuerdos.
- A mí también me gustaría tener esos fantasmas para obtener el éxito.
- ¿Cómo?-
- Vendería mi alma al diablo por el éxito!- exclamó o joven riéndose.

Un sonido de campanas invadió el ambiente. José Manuel sonreía, sus ojos estaban llenos de malicia, había esperado tantos años para que alguien pronunciase esas palabras que el placer agitaba su respiración. Carlos escuchó pasos en la sala contigua, como si una multitud tuviese invadido la casa.
- Juan, Juan - gritó el Dr. Ugarte levantándose del sillón impulsivamente.

- Escuché señor - respondió el criado entrando con un candelabro de siete velas, las encendió y desligó la luz del velador. Carlos, asustado intentó correr para la puerta, derrumbando la grabadora con su movimiento, pero fue detenido por fuerzas invisibles. De pronto, el ambiente parecía de fiesta, José Manuel se reía y Carlos, inmovilizado escuchó el eco de miles de risas, su visión estaba turbia, sólo veía sombras moviéndose por la sala. Alguien vendó sus ojos, sintió miedo de quedar ciego para siempre. Sus oídos parecían haber adquirido una potencia infinita. Escuchó los gritos de un pájaro que moría en las garras de un águila, el viento del desierto y la respiración de un hombre agonizante. "Imposible, pensó, esto es solo un sueño y estoy teniendo una pesadilla."

Cuando el criado lo colocó en un taxi parecía muerto. Después de dar la dirección al chofer y pagarle, le dijo que el joven había bebido mucho.

El viejo cerró la puerta de la casa con siete llaves y saludó a su señor. José Manuel, con una sonrisa imperturbable, como un muerto, se sacó las ropas y los zapatos delante de un espejo. Abrió una caja de rapé, quemó azufre e aspiró el humo. Fue disminuyendo de tamaño y mudando de estructura. Adquirió la apariencia de una mariposa de noche. Voló hasta la caja de rapé abierta, se acostó en ella y se dispuso a descansar hasta el otro día.

Fotografia de Isabel Furini

Capítulo II
Carlos se despertó con el ruido del teléfono. Le dolía la cabeza, no se acordaba de haber bebido, pero tenía la sensación de haber estado borracho. A los 18 años, en su fiesta de aniversario, salió para divertirse con amigos y al otro día se sintió así, triste y confundido. Con dolores en el cuerpo y sensación de náuseas en la boca del estómago. El teléfono dejó de llamar. "mejor", pensó, no quería hablar con nadie. Se levantó, desperezándose, abrió las cortinas del cuarto en desorden y miró por la ventana del apartamento, casi en la esquina de la calle Esmeralda con Avenida Corrientes, en el centro de Buenos Aires. Gente, automóviles, movimiento, bocinas, humo de los carros y el diariero pregonando las noticias. Consultó el reloj, eran 9 de la mañana, - Diablos, es tarde" - exclamó y al decir estas palabras volvió a escuchar campanas a lo lejos y el viento del desierto.

Fue hasta la cocina, prendió el fuego e colocó agua para hervir y tomar unos mates, una costumbre que tenía desde chico. Después fue a bañarse, abrió la ducha y el agua en la cabeza lo reconfortó. Nuevamente el teléfono. Salió del baño descalzo, secándose rápidamente con la toalla verde y mojando el piso. Era Cristina, su novia.

- Que ropa voy a vestir esta noche? Quiero dar una buena impresión al Dr. Ugarte.
- ¿Esta noche?.. ¿ Dr. Ugarte? ¿De que estás hablando?
- ¿Qué te pasa? Me llamaste por teléfono a las dos de la mañana para decirme que pasaríamos el final de año en la casa de él.

Carlos no se acordaba de nada. Estaba confundido.
- Estoy ansiosa por conocerlo - dijo Cristina.
- No es el tipo de hombre que enloquece a las mujeres - aclaró Carlos riéndose - la verdad es que es más feo que una noche oscura.
-Yo sé, escuché comentarios. Creo que por eso no va a la televisión ni deja que le tiren fotografías. Ven a buscarme a las diez, saludamos a mi familia y vamos para la casa del Dr. Ugarte. Chau y un beso. Me voy a trabajar.

Eran once de la noche cuando Cristina y Carlos llegaron a la casa de José Manuel. El criado los recibió y les pidió para esperar en la sala. Cristina reparó que no tenía espejos, quería mirarse y ver se estaba bonito con su vestido azul marino de encaje. Mientras seguían al criado miró por la puerta abierta el elegante comedor e vio que la mesa estaba preparada con platos e bandejas muy finas, subieron la escalera y llegaron a la biblioteca, al entrar Cristina miró bien para Juan y murmuró para Carlos - que hombre extraño, este mayordomo, sus ojos no tienen vida.

José Manuel estaba sentado entre sus libros, parecía un capitán de navío navegando en aguas conocidas. Carlos le presentó a su novia y el viejo la observó diciendo: - Ella es perfecta.

Cristina se sentó e cruzando las piernas y dejó ver la puntilla de su enagua negra.
- Dr. Ugarte, se siente bien en esta casa tan solitaria?- preguntó Cristina con una sonrisa encantadora. No obtuvo respuesta.
- Cuando su esposa vivía, la casa era mucho más alegre, verdad?- lo interrogó la joven para quebrar el silencio del lugar que le parecía aterrador.
- ¡Ah!.. Cuando Elida vivía la casa estaba siempre con música. Elida amaba la danza, era su grande pasión. Ella nunca fue realmente mía. Pero yo no la culpo, porque tampoco fui suyo. Ella pertenecía a la danza; yo, al pasado, al destino, a la fatalidad. Mi mundo es desconocido para Ud. como para la mayoría de los mortales, - hizo una pausa - pertenezco al universo fantasmagórico dos sueños, aquello que nunca pudo ser y que, por eso mismo, es incorruptible y eterno. Mis sueños son, en mi mente, un constante presente sin alteración, sin mudanza, inmutables en su belleza estéril.

Quadro da artista plástica Liane Maria

- Ella era linda - interrumpió Cristina - yo vi una vez una fotografía de ella en una revista.
- Si... por eso está momificada. Ella es mi presente ilusorio, mi pasado trágico y mi futuro incierto. ¿Desea verla, Cristina?- La joven sintió miedo, no sabía lo que decir.

Faltaba poco para la media noche cuando José Manuel se levantó y caminó hasta la sala contigua, abrió el armario y agarró las llaves. Carlos reparó que su andar era dificultoso, tal vez a causa de la joroba que se notaba más cuando estaba de pié.


Después bajaron por las escaleras y abrió la puerta del sótano, no habia luz eléctrica en esa parte de la casa y el criado trajo una vela encendida. Bajaron otra escalera, luego caminaron por un corredor oscuro y silencioso. Juan iba en la frente encendiendo las velas de los candelabros que estaban en las paredes, Carlos sintió que sus pies se hundían levemente al pisar el tapete suave, no escuchaba ni el sonido de los propios pasos, solamente el ruido metálico de las llaves en las manos del Dr. Ugarte. Por fin, el viejo escritor abrió la cerradura de una puerta que daba a una sala amplia pintada de dorado.
- Pueden entrar.

La sala no tenía muebles, las paredes laterales solo ostentaban nichos con candelabros y restos de velas, en el centro un escorpión de piedra y a ambos lados, rosas marchita. La pareja vio, con asombro, en la pared de enfrente una enorme caja de cristal con una cortina de terciopelo rojo de fondo y dentro, una danzarina con vestido de tul rosa, con los pies descalzos, uno delante del otro, los brazos al lado del cuerpo y la cabeza caída para un lado.

Cristina, con la boca entreabierta y el la mirada espantada, aproximándose vio que la mujer estaba siendo sostenida por lazos que salían de la cortina y la envolvían por la axila, por la cintura y por los tobillos para no caerse. Cristina apretó el brazo de Carlos sin dejar de mirarla y exclamo: É Elida!
- Este es mi secreto - dijo el Dr. Ugarte, aproximándose de la danzarina - Esta joya era de ella - e entregó un anillo con una piedra de zafiro para Cristina. La muchacha con la mirada fija, aprecia hipnotizada, observó la piel blanca y pálida, agarró el anillo y, sin dudar, lo colocó en el dedo anular. Después se inclinó sobre el escorpión de piedra con ojos de esmeralda que José Manuel había traído de Egipto.

- ¡Qué bonito! - exclamó.
- Puede tocarlo - dijo el Dr. Ugarte con voz persuasiva.

Cristina pasó la mano sobre el escorpión que, al contacto con o calor humano, instantáneamente, tomó vida y le clavó el aguijón. Un grito de dolor y de miedo se escucho en la sala. Cristina se estremeció, tambaleó un poco y cayó en el piso en el mismo momento en que el cristal se quebraba y los lazos que sustentaban a Elida se fueron cayendo. Elida parpadeó varias veces y sus ojos quedaron llenos de lágrimas. Ahora en vez de parecer ojos de cristal habían adquirido vida y movimiento. Los ramos de rosas de los cantos aprecian recobrar su lozanía y exhalaron un perfume suave y agradable. Una música se escuchó en el lugar. Carlos, arrodillado al lado de Cristina, miró las paredes imaginando música ambiente, ele conocía esa música, era Gisele. La danzarina levantó la cabeza y movió los pies, soltando los lazos que la aseguraban desde los tobillos. El criado encendía y encendía velas en los nichos de las paredes para iluminar el lugar, ésa aprecia ser su función más importante. Elida comenzó a danzar, no con la rigidez de una muerta, mas con la flexibilidad de la vida. Caminó en la puntas de los pies, luego extendió una pierna para atrás y dio un salto gracioso y los pies se cruzaron varias veces. Se sucedieran "piruetee" - vuelta completa sobre uno de los pies. Su danza era perfecta. Carlos la miró por un momento y pensó que esa mujer estaba llena de vida, mientras que su amada aprecia estaba...

Fotografia de Van Zimerman

Los labios de la danzarina se fueron tornando cada vez más rojos y húmedos; sus ojos, expresivos; a rigidez de la muerte cedía lugar a la vida. Elida volaba, sus pies ágiles, se movía con rapidez extraordinaria, sin perder el equilibrio. Sus brazos, como dos serpientes insinuantes, se estiraban y retraían, se movía con una gracia sin par. Elida era señora absoluta de la danza.

Carlos, de rodillas en el piso, apretaba las manos de Cristina, ora tentaba obligarla a mover la cabeza, ora aseguraba su pulso. No quería admitir a verdad. Cristina estaba muerta.

José Manuel cayó de rodillas, cerca de ella, unió sus manos en señal de oración y pidió perdón. El reloj marcó la primera campanada, era media noche. Se escucharon vagamente el ruido de los fuegos de artificios. Todos festejaban el Año Nuevo. Elida, que continuaba danzando en las puntas de los pies, hizo una vuelta completa en el aire, después se aproximó de José Manuel, se inclinó y le besó la mano. El viejo, al contacto con los labios de su esposa, se iluminó con una sonrisa y volvió a pedir perdón. Su cuerpo se fue enrojeciendo, llevó la mano al corazón y cayó pesadamente en el piso. La música se fue extinguiendo y Elida, suavemente fue cayéndose sobre el cadáver del esposo.

El criado, que presenciaba la escena en silencio, con una mirada vacía, le dijo a Carlos con voz sin emoción - Ele se redimió, murió feliz.

- Cristina, mi Cristina - murmuró Carlos, que aprecia no escuchar, ni entender nada. Estaba con los ojos rojos y con expresión de embriagado.
- Pode pegar o lugar del Dr. Ugarte y ser el mejor de todos los escritores hispanoamericanos, o agarrar el anillo de zafiro y colocarlo sobre la llama de una vela para que su novia reviva. Mas antes, vea y sienta... Todo tiene un precio. Mire bien y decida! - exclamó Juan.

Carlos cerró los ojos y se vio a sí mismo.

De repente se levantó, miró para Juan con altives diciendo: - Ahora me obedecerás. Ahora yo soy el fantasma. Yo seré el mayor poeta hispanoamericano. Esta noche dejé de ser o joven Carlos, ahora soy el Sr. Carlos Estradas, el dueño de un pasado tenebroso - algunas arrugas comenzaron a marcar su rostro - Yo tomaré el lugar de José Manuel, llama un médico, es mi deseo que entierren esos dos juntos en el cementerio de la Recoleta - agregó señalando la pareja, - y que momifiquen a Cristina para rendirle culto.

Juan obedeció, reconociendo su nuevo señor. El diagnóstico médico no se hizo esperar. José Manuel sufría de problemas cardíacos. Nada estraño, un hombre que convive con un cadáver, pode emocionarse hasta morir.
- Su novia murió a causa de una picada de - dijo el médico a Carlos. Nada extraño, el Dr. Ugarte, tenía en el sótano algunos escorpiones cuyos hábitos estudiaba para escribir un libro. En algún momento de descuido uno de ellos huyó, dando fin a la vida de la muchacha.

Carlos, seguro de si mismo, se sentó en la biblioteca, altivo como un ídolo en su altar y encendió un habano...

En el día siguiente llegó el abogado de José Manuel, trajo un testamento: la casa y los bienes habían quedado a nombre de Carlos Estrada. Carlos miró con aire diabólico al abogado cuando éste solicitó algunos días para efectos legales.
Carlos Estrada se hizo famoso de la noche para el día, el Dr. Ugarte había descubierto un sucesor digno, los diarios y revistas especializados hablaban del joven poeta como "el escogido", "aquel que tenía la señal", "el nuevo ídolo", "el discípulo perfecto".

El joven se sintió, desde los primeros momentos, dueño de la casa y de la situación. Aprecia intuir lo que había en cada armario. Pasó de entrevistador a entrevistado. Los periodistas le hacían diversas preguntas que él respondía con facilidad. Sus palabras podían leerse en los títulos de los diarios, pero él no se dejaba fotografiar.


Fotografia de Van Zimerman

Todas las noches ordenaba al viejo criado que cerrase la puerta con siete llaves. Delante del único espejo de la casa se desnudaba y descalzaba. Con una mirada fría, como un muerto, abría la caja de rapé, quemaba azufre y aspiraba el humo, iba disminuyendo de tamaño y mudando su estructura, adquiriendo la apariencia de una mariposa de noche. Volaba hasta la caja de rapé abierta, acostándose en ella hasta el otro día.

Carlos abrió los ojos, estaba en el sótano de la casa del Dr. Ugarte, Cristina, muerta a sus pies y la pareja, ambos muertos, cerca de él. Los cirios estaban consumiéndose y Juan habló: - Vea, sienta y decida...

Carlos hizo un esfuerzo para mantener los ojos abiertos, pero no consiguió, volvió a cerrarlos. Se vio a si mismo sacando el anillo de zafiro de la mano de Cristina y colocándolo sobre la llama de la vela. Luces multicolores invadieron el ambiente, voces suaves como ángeles, cantaban; hasta los cuerpos de Elida y José Manuel, parecían iluminarse, la naturaleza entera cantaba: El Amor venció.
Cristina abrió los ojos y abrazó a Carlos. Ele la apretó contra su pecho.

- Perdió una gran oportunidad, señor, nunca triunfará, sus libros no tendrán éxito.- dijo con énfasis Juan.

- No sabía cuanto te amaba, Cristina, no sabía hasta ahora...
- Tengo miedo - murmuró ella - quiero salir de este lugar.
- Vamos...- dijo Carlos ayudándola a incorporarse, sintió que el cuerpo de Cristina estaba temblando.

Salieron y caminaron abrazados por las calles. Hacía calor, veían, por las ventanas abiertas, las personas riendo, bailando, bebiendo, festejando el nuevo año que se iniciaba. Los niños, sentados en el cordón de la vereda, encendían fuegos y petardos. Todavía explotaban los fuegos de artificios en el cielo, con formas de cascadas, de estrellas, de círculos, de colores azules y rojos, verdes y amarillos. Había movimiento y alegría. El corazón de Carlos participaba de todo eso, porque tenía Cristina a su lado, tenía la fuerza del amor, que es el verdadero rey del universo. Carlos se sentía un verdadero triunfador.

El viejo criado cerro la casa con siete llaves diciendo: - Mi tarea terminó. Él estaba libre. Había llegado el momento de procurar la redención. Tiró las llaves en el jardín, cerca del ciprés. Caminaba lento y silencioso por las calles, en busca de su destino. El antiguo criado no quería volver la cabeza, solamente miraba el horizonte. La vieja casa comenzaba a incendiarse. Las llamas subían por las cortinas, asomaban por las ventanas, los vidrios se quebraban estrepitosamente. El fuego llegaba hasta el techo, destruía la caja de rapé y libertaba los fantasmas. De lejos, escuchó por última vez la risa sarcástica del séptimo fantasma. Pero Juan no detuvo su paso, continuó caminando e silbando una canción que había aprendido cuando era joven.

Carlos abrió los ojos. Había visto y sentido lo que le esperaba en cada uno de los caminos: triunfo, en uno y amor, en otro, ambos tenía un precio.

- ¿O que escoge?- preguntó Juan

- ¿O que usted escogería?- preguntó Carlos al criando, mirándolo con ansiedad. Una suave sonrisa se dibujó en los labios de Juan, y sus ojos vacíos y muertos, por primera vez, brillaron.

Isabel Furini

(Este cuento ganó una Mención de Honra en el Concurso Paulo Leminski, da UNIOESTE - Toledo, PR, Brasil, en 2002).

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Editor da Revista Carlos Zemek

Curador e Artista Plástico.
Membro da Academia de Cultura de Curitiba - ACCUR.

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