Araceli Otamendi: Los conjurados - Cuento inédito

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En el arenal, en el arenal pensaba ella, estaríamos tranquilos. Eran las tres de la tarde y hacía calor, como una candente mañana de febrero. Pero era septiembre y la naturaleza empezaba a despertar. 

Fue entonces cuando recibió el llamado; era la voz inconfundible, era él. —En diez minutos te paso a buscar —dijo la voz. 

Sin contestar, ella asintió. Se cambió de ropa, bajó hasta la calle y ahí estaba él. Ella subió al auto; él apenas la saludó. Estaban de acuerdo y ninguno de los dos había pronunciado palabra alguna. Él manejaba tranquilo y ella esperaba alguna respuesta. Solo un rato después, cuando él detuvo la marcha para cargar nafta, ella preguntó si irían al lugar de siempre. 

Él dijo: 

—Sí, el río está crecido, pero vamos igual. 

Durante el trayecto, ella se dedicó a mirar el paisaje por la ventanilla. Le gustaba esa avenida tan larga, llena de árboles; le gustaban los jardines de las casas, aunque nunca viviría en esos lugares, se sinceró para sí, porque ella pertenecía al Sur y todo eso era otro lugar. Él miraba atento el camino; puso música en la radio, sonaba despacio. Ella se preguntaba qué tipo de vida podría tener junto a él, tan silenciosa, con tanto espacio. Él no decía nada, solo seguía manejando atento al camino. Y si él era del Norte y ella del Sur, y estaban ahí juntos, era por algo. Rebeldía, casualidad, algo que no sabía, de lo que no era consciente, pero tenía algo poderoso, inefable. Lo sentía: era él o nadie. 

Él detuvo la marcha. Habían llegado. El río caudaloso, el Luján, había crecido bastante. Eran cerca de las cuatro y el sol todavía estaba en lo alto. Se dirigieron al club donde se podían sacar los botes. Él pidió un doble par. Ella compró una bebida gaseosa; tenía sed y la bebió. Saldrían igual a remar, a internarse en las islas, a dar vueltas en ese río largo, caudaloso. 

Y salieron, cada uno con su par de remos, esquivando las olas de las lanchas, que a esa hora eran pocas, y las olas de la colectiva que llevaba gente, botellas de gaseosas y frutas.

Siguieron remando un rato largo. El sol estaba fuerte para ser septiembre y él dijo que iban a detenerse y a bañarse un rato. Ella dijo que sí. 

En el agua, los dos se abrazaron; no necesitaban palabras, todo era tan raro. En un momento, así juntos, él dijo: 

—Decime que estoy vivo y no muerto. 

Ella asintió y le hizo la misma pregunta: 

—Decime si estoy viva o estoy muerta. 

Y vieron cómo la corriente del río traía naranjas, muchas naranjas flotando en el agua. Se subieron al bote y remaron; trataban de atrapar las pequeñas frutas de color naranja. Atraparon algunas con las manos. Remaron y remaron, hasta que el sol se empezaba a esconder y las sombras de los árboles empezaban a confundirse con el río. Y el arenal donde habían descansado y donde se habían confundido en un abrazo tan largo ya quedaba muy lejos de donde estaban. 

Al caer la tarde, se subieron al auto y regresaron. Cada uno absorto en sus pensamientos, como proyección uno del otro, sin saber, sin tener la certeza de ser dos fantasmas o seres reales. ¿Para qué? ¿Para quién? Sin que nada de eso los atormente jamás.

© Araceli Otamendi

Ciudad de Buenos Aires

Araceli Otamendi (Quilmes, Provincia de Buenos Aires) vive en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires desde los 9 años. Graduada en la carrera de Análisis de Sistemas (Universidad Tecnológica Nacional – Fac. Regional Buenos Aires). Cursó estudios de literatura principalmente en el taller de Mirta Arlt.  Es escritora y periodista cultural , dirige desde hace veinticinco años las revistas digitales de cultura Archivos del Sur y Barco de papel.

Publicó las novelas policiales Pájaros debajo de la piel y cerveza – Premio Fundación El Libro en el marco de la XX Feria Internacional del Libro de Buenos Aires,  a escritores noveles 1994, y Extraños en la noche de Iemanjá. En 2000 su antología de escritores hispanoamericanos Imágenes de New York fue presentada en el Centro Rey Juan Carlos I de NYU, New York.

Es traductora, tradujo a varias escritoras y escritores brasileños. Publica habitualmente en revistas y suplementos  literarios de Argentina y de otros países.

Participó invitada a las III y V Jornadas internacionales de mujeres escritoras en San Pablo y en San José de Rio Preto, Brasil junto a otras escritoras brasileñas, latinoamericanas y españolas con ponencias sobre literatura. También invitada  en la Biblioteca Nacional de Chile, para disertar sobre la tradición literaria argentina. 

Es miembro correspondiente de la Academia Gloriense de Letras (Brasil), silla Silvina  Ocampo.

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